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“El programa de reparto de alimentos me hace sentir la frágil línea que nos separa”

Ángeles Fernández

14/05/2019

Ángeles Fernández es voluntaria del Programa Más Familia que reparte de alimentos a familias en exclusión social de la Obra Social del Albergue San Juan de Dios. Esta iniciativa fue puesta en marcha para paliar los efectos de la crisis económica en la alimentación de la población infantil.

Durante todo el tiempo que lleva como voluntaria ha conocido de cerca las historias de familias como las de Teresa, Juan Carlos o Paz, dice con brillo en los ojos, “nunca las olvidaré”.

Empecé en este programa desde el principio, no recuerdo exactamente el año. He visto a muchas personas pasar por él. Todas me han marcado de una forma u otra. De hecho, valoro mucho más la vida que tengo, el privilegio de disfrutar gracias a ellas. Sobre todo, me he dado cuenta de lo frágil que es la línea que nos separa. Al ver la pobreza tan cerca, tengo más miedos; miedo de que alguno de mis hijos pueda encontrarse en el otro lado de la línea.

El programa de reparto de alimentos entre familias empobrecidas es interesante y, al mismo tiempo, demoledor. Con mi voluntariado, y al estar tan cerca de las necesidades de las personas, me di cuenta que estoy ayudando a familias que bien podrían ser algunos de los míos. Las personas que atendemos se encuentran en una situación límite: les llueven los problemas y se sienten desamparados. Por eso, nuestra misión es respetarles y tratarles lo mejor posible.

El trato que se le da a cada persona depende de su comportamiento. Enseguida notamos qué personas llegan ante nosotros haciendo un gran esfuerzo por mantener su dignidad. La mayoría son mujeres y algunas sienten vergüenza ante la situación tan grave que están viviendo, debemos ofrecerle una conexión. Hablarles, interesarnos por sus hijos, su salud, etc. Siempre desde el respeto y sin traspasar los límites de su privacidad. Queremos ofrecerles una atmósfera de calidez, queremos que se sientan como en casa.

Me encanta charlar con ellos, interesarme, saber cómo se encuentran. Quiero que estén a gusto en todo momento, aunque solo sean unos pocos minutos mientras recogen la comida y se la llevan. Es muy importante sonreírles. Algunas personas lo pasan mal hasta que te conocen, por eso, intento tener un acercamiento lo más cordial posible.

Con los niños es más fácil; he visto “nacer” a varios y, hasta que van a la guardería, los veo a menudo. Ellos te besan y se te echan a los brazos ¡Son tan monos! Después dejas de verlos, pero ellos no te olvidan. Las madres te mandan besos de su parte. Me reencuentro con ellos en Navidad. La Obra Social del Albergue San Juan de Dios organiza una entrega de regalos y yo gozo viéndolos disfrutar.

Me acuerdo mucho de las familias. En especial de tres de ellas: las de Teresa, Juan Carlos y Paz. Teresa es una madre soltera de 43 años con un hijo con problemas de salud mental. Ella siempre va arreglada y con los labios pintados. No se separan nunca. Siempre les piropeo, les doy mil besos y me llena de emoción lo que leo en sus ojos.

El pobre de Juan Carlos no ha podido tener más mala suerte. No tiene trabajo, su hija tiene leucemia y, para colmo de los males, este verano les cortaron el agua. Tenían que ir a coger agua de la fuente del parque más cercano y así han estado durante meses.

Sin embargo, el caso de Paz es el que más me ha marcado. Un día vino a comunicarnos que dejaba el programa por voluntad propia. Estaba exultante: sus dos hijos habían conseguido trabajo. Nosotros estábamos embargados por la emoción. Paz no sabía cómo agradecernos lo que había supuesto la ayuda recibida. Nos fundimos en un fuerte abrazo. Lloramos juntas. No la hemos vuelto a ver, pero lo considero una muy buena señal. Yo jamás la olvidaré.